Dentro de ti comienza todo

El Reconocimiento Viene De Ti, No Lo Busques En Otros

Reconozco, que mucha parte de mi vida la he vivido midiendo mis palabras, intentando agradar a todas las personas y déjame decirte que esto es imposible de realizar.

Muchas veces encontrarás personas que se molesten por tu forma de hablar, de expresarte, de tus creencias y opiniones. Todo esta forma de controlar mis palabras, de intentar agradar y ser aceptada, me viene desde mi niñez.

Aunque ahora parezca una persona extrovertida, en mi niñez no era así, estaba en el polo opuesto. No hablaba por no molestar, no jugaba para agradar a mamá y que ella viera que no me manchaba la ropa, lo que no hacía la mayoría de mis hermanos (somos 7).

En esta búsqueda por agradar a los demás, me olvidaba de mí misma, de lo que le agradaba a la pequeña Puri. Me olvidaba de sonreír, me sentía no aceptada, no querida, no vista. Esto llegó a impregnarse en mí y aunque tenía este comportamiento, escuchaba la queja de mi madre, cuando decía que por sentarme en el suelo, me había manchado. Nada era suficiente para agradar a mis padres.

Recuerdo que mi padre era todo lo contrario a mí y a mi madre; hablaba de más, no tenía freno al decir las cosas y a cómo decirlas. Él se expresaba como quería, contaba los secretos que otros, en su inocencia, se los hacían llegar. Esto quedó en mí grabado desde la tierna infancia y así me convertí en la niña, adolescente, mujer que hasta hace poco he sido. Condené todo esto en mi padre, condené también los silencios de mi madre, aún sin darme cuenta que yo estaba haciendo lo mismo que ella. Me sentí mejor que mi padre y qué ignorante fui. Aunque me encontraba en la polaridad opuesta, tenía la misma información que él.

Después de muchos años, pude ver en ellos a sus niños heridos,  niños que de la mejor forma que encontraron y se les enseñaron, buscaban la aprobación de otros, aunque a veces, sin darse cuenta, hicieran daño. Niños que buscaban el reconocimiento de papá y de mamá, sin lograrlo.

Aprendí a través de sus heridas, repetir los mismos comportamientos, las mismas búsquedas, sin darme cuenta, que el verdadero reconocimiento viene de uno mismo, que la verdadera aprobación es nuestra aprobación y que debía de dejar de buscar afuera, lo que ya nace de mi interior. 

Esto me ha costado años de enseñanzas, años de dolor, dolor provocado por mí misma, al hacerme expectativas de cómo tenía que ser todo lo que hay en mi mundo, en mi vida, con las personas que me relaciono.

Muchos espejos he encontrado, los primeros en aparecer fueron los de mis padres, a los cuales agradezco de todo corazón el haberme elegido como hija, el haberme enseñado mis heridas, que a la misma vez fueron sus heridas y el haberme dado la oportunidad de sanarme en muchas áreas de mi vida, a través de ellos. Gracias a mis padres por sus enseñanzas, porque la vida a través de ellos, me ha enseñado a tomar el camino de en medio, ni callarme sin decir nada, ni expresarme  atacando al otro; todo desde el centro, desde donde yo me siento. Puede que a otros esto moleste, pero respiro y suelto.

Sigo en el camino de desaprender, desaprender todo lo que aprendí que me condiciona y me ata. He emprendido el camino de ser yo misma, de decir lo que siento, sin esperar a ser aceptada, ni comprendida.

Sigo en el camino de conocer-me a mí misma, de saber en realidad qué es lo que quiero, porque nunca antes escuché mi voz, la voz de mi  niña interior, de esa niña perdida. Ahora le digo que siempre estaré con ella, que la amo, que me perdono y que me abro a la vida, para que ella me siga sorprendiendo.

Para terminar, quiero decirte que muchas veces no sabemos lo que queremos, porque hemos dejado de escuchar a nuestro niño interior. Te invito a que lo busques, a que lo abraces, a que te perdones y a que sientas la fuerza que él/ella te da, para seguir en el camino de esta preciosa vida que se nos ha regalado. Recuerda que no eres tu cuerpo, que eres luz, pura energía. Utilízala para alumbrar tu camino y el de otros.

Gracias por leerme. 🙂

¿Qué valor te das como persona?

Detrás de la pregunta, ¿qué valor te das como persona?, hay tanta enseñanza…

Hoy, la he formulado sin más, pero al momento sentí en mí algo que removía todos mis cimientos, y es que después de reflexionar, me he dado cuenta que durante toda mi vida, nunca me he dado el valor que merecía como persona, como ser humano.

Podría decir que todas las personas en mayor o menor medida, nos hemos desvalorizado en algún momento de nuestras vidas.

Llegamos a pensar y a creer, que lo que nos dicen nuestros padres, (muchos de ellos con una fuerte desvalorización), y la sociedad, es cierto y que por consiguiente nos tenemos que aguantar.

Tan cierto lo vivimos todo, que nunca hemos cuestionado nada.

Es a través de crisis existenciales, que nuestra vida en un acto de puro amor, nos hace repetir experiencias de falta de valoración, una y mil veces, con el deseo de que algún día por fin despertemos y nos demos el valor que realmente merecemos, y que de por sí ya tenemos, al ser uno con ella.

Analizando mi vida, ya desde mi adolescencia, vivía experiencias en las cuales yo misma no me valoraba. Siempre buscaba el bienestar del otro, sin  darme el lugar de valor que merecía, estando en un último plano para todo.

Soporté durante años bullying, (hasta me dedicaron una canción que me humillaba hasta lo más profundo de mi alma). Por aquellos tiempos, recuerdo que casi nunca alzaba mi mirada al frente, siempre iba con la cabeza agachada. Me sentía el patito feo.

Ya desde el colegio, habían niños que me toqueteaban, me enseñaban sus partes íntimas, se burlaban de mí. Esto me siguió en parte de mi niñez y en mi adolescencia, encontrándome hombres que abusaron sexualmente de mí con tocamientos,  acosadores y robadores de sueños, sueños de una niña tímida, que no entendía cómo le podía estar pasando todo este infierno.

Aquí no es cuestión de buscar culpables, sí responsables de sus hechos. Hechos que si pudiéramos buscar en sus vidas, podrían constatar que ellos en su infancia también sufrieron.

Acarreamos en nuestras vidas, emociones de nuestros padres, de nuestros ancestros, que fueron vividas en soledad, en sufrimiento. Todo lo que ellos sufrieron sin reconocimiento, viene a nuestro encuentro para ser comprendido, reconocido, sanado, transformado.

Cuando ya tomas consciencia de todo ello, comprendes que eres responsable de tu realidad, que tienes que empezar a valorarte y dejar atrás el victimismo, la culpabilidad, para así reescribir otra historia; te pones manos a la obra. En este manos a la obra, me he redescubierto otra vez a mí misma, entendiendo lo que la vida me gritaba: “Y tú, ¿qué valor te das?” “¿Dónde está tu lugar?”

Reconozco que me he anulado como persona y con ello, mi valor. Inconscientemente hacemos todo esto. Funcionamos la mayor parte de nuestras vidas en piloto automático, porque nos han enseñado que la vida es muy dura, que hay que aguantar aunque te pese por el bienestar de los demás, que no hay otra vía de solución, que esto es lo que hay, que si tú no quieres un puesto de trabajo, ya vendrá otro/a. Creencias y palabras vacías de verdad y de coherencia. ¡Así no es la vida! ¡Así no es ella!

Ahora, a mis 45 años, tras varias crisis existenciales, en las cuales lo he pasado francamente mal, he entendido que la vida, me ama en profundidad, me tiene en gran estima, pues soy la flor de su jardín, el agua que riega la tierra, la luz que alumbra toda oscuridad; la llenura de los prados y montes, la brisa suave que peina los mares, el cielo que extiende sus manos hacia las estrellas y toca la luna, a su paso por los valles; por la eterna y radiante vida, espléndida toda ella, hermosa, tierna y sincera.

Ahora, a mis 45 años, decido amar-me, respetar-me, cuidar-me, mimar-me, abrazar-me, valorar-me, porque cuando esto lo hago en mí, otros responderán igual.

“Lo que eres, lo verás en otros, lo que te das, otros te darán”.

Tú eres el creador de tu vida y por consiguiente responsable, no culpable, de lo que ocurre en ella.

¿Qué valor te das?