Detrás de la pregunta, ¿qué valor te das como persona?, hay tanta enseñanza…

Hoy, la he formulado sin más, pero al momento sentí en mí algo que removía todos mis cimientos, y es que después de reflexionar, me he dado cuenta que durante toda mi vida, nunca me he dado el valor que merecía como persona, como ser humano.

Podría decir que todas las personas en mayor o menor medida, nos hemos desvalorizado en algún momento de nuestras vidas.

Llegamos a pensar y a creer, que lo que nos dicen nuestros padres, (muchos de ellos con una fuerte desvalorización), y la sociedad, es cierto y que por consiguiente nos tenemos que aguantar.

Tan cierto lo vivimos todo, que nunca hemos cuestionado nada.

Es a través de crisis existenciales, que nuestra vida en un acto de puro amor, nos hace repetir experiencias de falta de valoración, una y mil veces, con el deseo de que algún día por fin despertemos y nos demos el valor que realmente merecemos, y que de por sí ya tenemos, al ser uno con ella.

Analizando mi vida, ya desde mi adolescencia, vivía experiencias en las cuales yo misma no me valoraba. Siempre buscaba el bienestar del otro, sin  darme el lugar de valor que merecía, estando en un último plano para todo.

Soporté durante años bullying, (hasta me dedicaron una canción que me humillaba hasta lo más profundo de mi alma). Por aquellos tiempos, recuerdo que casi nunca alzaba mi mirada al frente, siempre iba con la cabeza agachada. Me sentía el patito feo.

Ya desde el colegio, habían niños que me toqueteaban, me enseñaban sus partes íntimas, se burlaban de mí. Esto me siguió en parte de mi niñez y en mi adolescencia, encontrándome hombres que abusaron sexualmente de mí con tocamientos,  acosadores y robadores de sueños, sueños de una niña tímida, que no entendía cómo le podía estar pasando todo este infierno.

Aquí no es cuestión de buscar culpables, sí responsables de sus hechos. Hechos que si pudiéramos buscar en sus vidas, podrían constatar que ellos en su infancia también sufrieron.

Acarreamos en nuestras vidas, emociones de nuestros padres, de nuestros ancestros, que fueron vividas en soledad, en sufrimiento. Todo lo que ellos sufrieron sin reconocimiento, viene a nuestro encuentro para ser comprendido, reconocido, sanado, transformado.

Cuando ya tomas consciencia de todo ello, comprendes que eres responsable de tu realidad, que tienes que empezar a valorarte y dejar atrás el victimismo, la culpabilidad, para así reescribir otra historia; te pones manos a la obra. En este manos a la obra, me he redescubierto otra vez a mí misma, entendiendo lo que la vida me gritaba: «Y tú, ¿qué valor te das?» «¿Dónde está tu lugar?»

Reconozco que me he anulado como persona y con ello, mi valor. Inconscientemente hacemos todo esto. Funcionamos la mayor parte de nuestras vidas en piloto automático, porque nos han enseñado que la vida es muy dura, que hay que aguantar aunque te pese por el bienestar de los demás, que no hay otra vía de solución, que esto es lo que hay, que si tú no quieres un puesto de trabajo, ya vendrá otro/a. Creencias y palabras vacías de verdad y de coherencia. ¡Así no es la vida! ¡Así no es ella!

Ahora, a mis 45 años, tras varias crisis existenciales, en las cuales lo he pasado francamente mal, he entendido que la vida, me ama en profundidad, me tiene en gran estima, pues soy la flor de su jardín, el agua que riega la tierra, la luz que alumbra toda oscuridad; la llenura de los prados y montes, la brisa suave que peina los mares, el cielo que extiende sus manos hacia las estrellas y toca la luna, a su paso por los valles; por la eterna y radiante vida, espléndida toda ella, hermosa, tierna y sincera.

Ahora, a mis 45 años, decido amar-me, respetar-me, cuidar-me, mimar-me, abrazar-me, valorar-me, porque cuando esto lo hago en mí, otros responderán igual.

«Lo que eres, lo verás en otros, lo que te das, otros te darán».

Tú eres el creador de tu vida y por consiguiente responsable, no culpable, de lo que ocurre en ella.

¿Qué valor te das?