Querido dolor, por si no te has dado cuenta, no te he invitado a entrar en mi vida; te he cerrado la puerta.

Cada vez que lo haces, me dejas sin respiración y un sudor frío recorre mi corazón.

Me asusta el simple hecho de sentirte, de palparte, de conocerte, de respirarte.

¿Por qué insistes una y otra vez en venir a mi encuentro, si lucho una y otra vez, para que te olvides de que existo en este mundo incierto?

Por más que aprieto mis manos y cierro mis ojos, te encuentro en cada mal momento vivido, en cada mal momento rechazado, tapado; el cual creía olvidado.

No quiero que ni siquiera te acuerdes de que existo; ni de mi nombre, ni mi presente y pasado.

Apareces con nombres diferentes, engañosos, en los cuales nadie me ha enseñado a vivirlos, a cruzarlos, a sentirlos pese al miedo que me produce nada más pensarlos.

¿Por qué se da tanto énfasis en esta vida, a ser un experto en materias, conocimientos matemáticos, sino me han enseñado a conocerme a mí misma y a saber gestionar mis emociones y fracasos?

Puedo estar un día eufórica de alegría y al mismo tiempo hundida en lo más profundo de mis pensamientos más humanos.

Sin darme cuenta he estado huyendo de mi propia vida, creyendo que así curaba mis heridas y tapaba mis llantos.

La vida que tanto me ama y me ha amado, ha venido una y otra vez a mi encuentro, para enseñarme a vivir, lo que nadie me había enseñado.

Que mis emociones están ahí para ser vividas, para cruzarlas y sentirlas, sin armaduras ficticias y en la mejor compañía que nadie se ha imaginado.

Nuestra propia vida; infinita, cálida, que nos abraza y ama, sin pedir nada a cambio.